jueves, 25 de julio de 2013

VIETATO INTRODURRE BICICLETTE

de Julio Cortazar (en Historias de cronopios y famas)
En los bancos y casa de comercio de este mundo a nadie le importa un  pito que alguien entre con un repollo bajo el brazo, o con un tucán, o soltando de la boca como un piolincito las canciones que me enseñó mi madre, o llevando de la mano un chimpancé con tricota a rayas. Pero apenas una persona entra con una bicicleta se produce un revuelo excesivo, y el vehículo es expulsado con violencia a la calle mientras su propietario recibe admoniciones vehementes de los empleados de la casa.
Para una bicicleta, entre dócil y de conducta modesta, constituye una humillación y una befa la presencia de carteles que la detienen altaneros delante de las bellas puertas de cristal de la ciudad. Se sabe que las bicicletas han tratado por todos los medios de remediar su triste condición social. Pero en absolutamente todos los países de esta tierra está prohibido entrar con bicicletas. Algunos agregan: , lo cual duplica en las bicicletas y en los canes su complejo de inferioridad. Un gato, una liebre, una tortuga, pueden en principio entrar en Bunge & Born o en los estudios de abogados de la calle San Martín sin ocasionar más que sorpresa, gran encanto entre telefonistas ansiosas o, a lo sumo, una orden al portero para que arroje a los susodichos animales a la calle. Esto último puede suceder, pero no es humillante, primero porque sólo constituye una posibilidad entre muchas, y luego porque nace como efecto de una causa y no de una fría maquinación preestablecida, horrendamente impresa en chapas de bronce o de esmalte, tablas de la ley inexorables que aplastan la sencilla espontaneidad de las bicicletas, seres inocentes.
De todas maneras, ¡Cuidado, gerentes! También las rosas son ingenuas y dulces, pero quizá sepáis que en una guerra de dos rosas murieron príncipes que eran como rayos negros, cegados por pétalos de sangre. No ocurra que las bicicletas amanezcan un día cubiertas de espinas, que las
astas de sus manubrios crezcan y embistan, que acorazadas de furor arremetan en legión contra los cristales de las compañías de seguros y que el día luctuoso se cierre con baja general de acciones, con luto en veinticuatro horas, con duelos despedidos por tarjeta.

martes, 11 de enero de 2011

Las flores del mar

A la memoria de Jaime García Terrés

Danza sobre las olas, vuelo flotante,
ductilidad, perfección, acorde absoluto
con el ritmo de las mareas,
la insondable música
que nace allá en el fondo y es retenida
en el santuario de las caracolas.

La medusa no oculta nada,
más bien despliega
su dicha de estar viva por un instante.
Parece la disponible, la acogedora
que sólo busca la fecundación,
no el placer ni el famoso amor,
para sentir: ­Ya cumplí,
ya ha pasado todo.
Puedo morir tranquila en la arena
donde me arrojarán las olas que no perdonan.

Medusa, flor del mar. La comparan
con la que petrifica a quien se atreve a mirarla.
Medusa blanca como la X'Tabay de los mayas
y la Desconocida que sale al paso y acecha
desde el Eclesiastés al pobre deseo.

Flores del mar y el mal las Medusas.
Cuando eres niño te advierten:
Limítate a contemplarlas.
Si las tocas, las espectrales
te dejarán su quemadura,
la marca a fuego, el estigma
de quien codicia lo prohibido.

Quizá dijiste en silencio:
Pretendo asir la marea,
acariciar lo imposible.

Nunca lo harás: las medusas
no son de nadie celestial o terrestre.
Son de la mar que no es ni mujer ni prójimo.

Son peces de la nada, plantas del viento,
quizá espejismos,
gasas de espuma ponzoñosa

En Veracruz las llaman aguas malas.

José Emilio Pacheco

jueves, 30 de diciembre de 2010

Tonto

Tontísimo, diría Nicole. No soy nada tonto, diría Marrast. Usted es un gran tonto y un malo/ No lo soy en absoluto/ Sí que lo es/ No/ Sí/ No/ Sí/ Entonces yo a usted le estropeaba su jardín/ Mi jardín es lindo y usted no me lo estropea/ Sí, yo le mandaba muchísimos animalitos/ No me importa/ Primero le mandaba todos los topos/ Sus topos son tontos/ Tres marmotas/ Tampoco me importa/ Varios lirones/ Usted es un malo/ Y todos los puercos espines/ Mi jardín es mío y no lo toca nadie/ Su jardín es suyo, pero yo le mando los animalitos/ A mí sus animalitos no me importan y mi jardín está bien defendido/ No está defendido, y mis animalitos le comerán todas las flores/ No/ Los topos le comerán las raíces/ Sus topos son malos y tontos/ Y las marmotas harán pis contra los rosales/ Sus marmotas son malolientes y estúpidas/ Usted habló mal de las tres marmotas/ Porque son estúpidas/ Entonces yo le mandaba todas las marmotas en vez de solamente tres/ Lo mismo todas son estúpidas/ Y todos los lirones/ No me importa/ Ahora salga a ver su jardín y verá lo que le han hecho mis animalitos/ Usted es tonto y malo/ ¿De verdad soy tonto y malo?/ Usted no es malo pero es tonto/ Entonces retiro tres puercos espines/ No me importa/ ¿Soy tonto?/ No, no es tonto/ Entonces retiro todos los lirones y un topo/ Cualquier cosa que retire me da igual/ Para que vea lo bueno que soy retiro todos los animalitos/ Usted es malo/¿De manera que soy malo?/ Es malo y tontísimo/ Entonces, dos topos/ No me importa/ Todos los puercos espines.

62 / Modelo para armar - Julio Cortázar

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Apocalípsis de Solentiname

Ernesto hablaba con su gente y sacaba de una bolsa las provisiones y regalos que traía de San José, alguien dormía en una hamaca y yo vi las pinturas en un rincón, empecé a mirarlas. No me acuerdo quién me explicó que eran trabajos de los campesinos de la zona, ésta la pintó el Vicente, ésta es de la Ramona, algunas firmadas y otras no pero todas tan hermosas, una vez más la visión primera del mundo, la mirada limpia del que describe su entorno como un canto de alabanza: vaquitas enanas en prados de amapola, la choza de azúcar de donde va saliendo la gente como hormigas, el caballo de ojos verdes contra un fondo de cañaverales, el bautismo en una iglesia que no cree en la perspectiva y se trepa o se cae sobre sí misma, el lago con botecitos como zapatos y en último plano un pez enorme que ríe con labios de color turquesa.

Fragmento de Apocalípsis de Solentiname - Julio Cortázar